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Disciplina positiva: ¿en qué consiste?

Queremos hablarte de este método educativo basado en la benevolencia.

Sabemos que el día a día de los padres se presenta con una buena dosis de desafíos: lidiar con el llanto y la cólera del bebé, calmar los momentos de crisis, acompañarle de la mejor manera en su proceso de aprendizaje, promover su autonomía, etc. Unas veces es una tarea llevadera, otras es algo más complicado. Veamos cómo puede resultarte útil emplear la disciplina positiva.

Educación positiva: qué es y qué implica


Al final, ¿de qué va eso de la disciplina positiva? Se trata de una alternativa a las estrategias de "dejar hacer" y las del castigo sistemático, que comienza a ganar cada vez más adeptos. Este modelo propone una educación basada en el respeto al niño, en un ámbito seguro y de realización personal.

Los preceptos de la Disciplina Positiva, elaborada por la psicóloga americana Jane Nelsen a finales de los años 60, sirven de inspiración para el modelo de la educación positiva. Tradicionalmente, se han identificado de manera general dos grandes métodos en educación: uno basado en la autoridad y otro basado en la permisividad. Ambos métodos están planteados desde una relación de confrontación padre-hijo. La educación positiva sale de alguna forma de este marco de relación de poder, "devolviendo toda su riqueza al papel de los padres como modelos protectores, que saben escuchar y comprenden al niño al tiempo que establecen adecuadamente límites", tal como indica el pedopsiquiatra Rafi Kojayan.

Asociar bondad y consistencia, el secreto del éxito


A continuación te ofrecemos algunos consejos prácticos para que incorpores a tu día a día los principios de la educación positiva.

  • Identificar y dar prioridad a las necesidades del niño tanto si son afectivas como si son físicas. Así, podrás adaptarte mejor y darles una respuesta más adecuada.
  • Aprender a descodificar emociones. Si se niega a comer, si no quiere dormir, si llora o muestra agitación, intenta por tu parte mantener la calma, no reacciones de una manera demasiado espontánea, y da un paso atrás para ganar perspectiva antes de actuar. Estos comportamientos no son caprichos, como a veces se puede pensar. La clave para desvelar qué se oculta tras la frustración, la cólera o la tristeza de tu hijo será dedicarle tiempo, poniendo de lado tus propias emociones.
  • Adoptar siempre un punto de vista positivo y una actitud empática. No te centres en los errores, en los riesgos o en los fracasos, y ofrece mensajes de valoración, felicitación y ánimo: así es mucho más alentador para el niño. En ocasiones será necesario establecer reglas: para ello, evita posturas amenazadoras y mensajes de prohibición, optando en su lugar por presentarlas de una forma animadora y positiva.
  • Poner límites de una forma clara y adecuada para la edad del niño. Esto resultará necesario para su adecuado desarrollo, y podrás hacerlo desde un tono cercano y sosegado, sin que ello signifique que estés continuamente alterando las normas establecidas.
  • Erradicar cualquier forma de castigo físico o verbal que pueda percibirse como humillante para el niño. Este tipo de intervenciones no contribuyen a alcanzar los objetivos ni a avanzar en el sentido que deseábamos.
  • Dar ejemplo. Porque al bebé le encanta imitarte e imitar su entorno, especialmente durante sus primeros años de vida.
  • Mostrar tu afecto. Abrazarle, mimarle, acariciarle, darle besos… Haz que tu bebé crezca en un clima de confianza y tranquilidad mostrándole todo el cariño que le profesas.

Es importante clarificar que una parentalidad positiva no está en ningún caso en pugna con la autoridad de los padres. No se trata de permitirle todo a los niños y esperar a ver qué pasa, sino de establecer una relación de confianza, no basada en una relación de fuerza ni sumisión, evitando una presión excesiva pero sin abdicar del establecimiento de reglas. No deja de ser cierto que esta es una alternativa que demanda paciencia, dedicación y una capacidad extra de poner en cuestión nuestro punto de vista de las cosas. Y un aspecto no menos importante: tendremos que aceptar desde un principio que no vamos a ser los padres perfectos de un hijo perfecto, entre otras cosas porque esto no existe.